Aunque suelen realizar trabajos ingratos y contribuyeron al tremendo crecimiento económico de China, Pekín empieza a expulsar poco a poco a sus trabajadores migrantes del campo, a riesgo de paralizar la economía.
Lin Huiqing, chófer repartidor, llegó solo a buscar trabajo en la capital china hace 18 años, dejando en su pueblo mujer e hijos, entonces aún bebés.
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Desde entonces, por falta de tiempo, solo regresa a ver a su familia una vez al año. El resto del tiempo, trabaja en agotadores empleos que la mayoría de los pequineses rehúsa hacer.
Este hombre de 50 años forma parte de los millones de migrantes que contribuyeron a que China se convirtiera en pocas décadas en la segunda potencia económica mundial.
Pero en diciembre fue expulsado del barrio de Pekín donde vivía. Ahora es víctima, como tantos otros, de una campaña de demolición cuyo objetivo es limitar la población de la capital, que tiene actualmente unos 21 millones de habitantes.
«Si vuelvo a mi casa, no tendré los medios para mantener a mi mujer y mis hijos», se lamenta.
La municipalidad de Pekín quiere demoler unos 40 millones de metros cuadrados de inmuebles «ilegales», según el Diario del Pueblo, órgano del Partido Comunista, en el poder.
La mayoría de esas construcciones alberga viviendas y tiendas de migrantes.
– Obreros en paro –
Al llegar a Pekín, Lin y sus amigos hicieron un fondo común y suscribieron préstamos para comprar camiones repartidores.
Ahora se gana la vida transportando la mercancía de los pequeños comerciantes. Un sector golpeado de lleno por las demoliciones, que han generado la expulsión de decenas de miles de migrantes, en pleno frío invernal.
«Nuestros clientes son proletarios, como nosotros», dice. «Con el cierre de los pequeños comercios, ya no hay nada que transportar», añade.
También los empleos en la construcción, los servicios a domicilio y la limpieza están prácticamente todos ocupados por migrantes.
Para Eli Friedman, especialista laboral en la universidad estadounidense de Cornell, las grandes ciudades chinas «no puede de ninguna manera funcionar sin obreros migrantes».
«Si cada persona que ha venido de otras partes a las metrópolis como Pekín, Shanghái y Cantón fuera expulsada, estos motores económicos del país se hundirían totalmente», asegura a la AFP.
Y es exactamente lo que ocurre, asegura Li Ning, uno de los 60.000 repartidores de paquetes que recorren las calles chinas.
– ‘Nada es estable’ –
La dueña de otra sociedad de repartidores, la señora Wang, asegura que «abandonará» si las autoridades le cierran su almacén, que próximamente será demolido.
Ahí mudó su empresa el 1 de diciembre, después de verse obligada a cerrar otros dos centros de reparto y reducir el número de repartidores de 240 a 60.
«Nada es estable. No sé qué ocurrirá mañana», afirma la mujer, al borde del llanto.
Las demoliciones afectan también al sector del pequeño comercio, lo que deriva a los clientes hacia las grandes tiendas o el comercio electrónico.
Ge Guoxiang, originario de Jiangsu (este), se mudó a Pekín hace dos años con su mujer para ocuparse del puesto de productos textiles de su hermano. Pero el mercado mayorista donde está instalado el puesto ha recibido la orden de cerrar.
Las autoridades dicen haber creado en el Hebei, la provincia que rodea a la capital china, zonas específicas donde relocalizar a los comerciantes de este mercado.
Pero Ge Guoxiang es escéptico. «Hacen falta años para reconstituir una clientela. Ahora nos vemos obligados a empezar de cero», se lamenta.
«Y nuestros clientes (pequineses) son sobre todo personas mayores que no saben comprar en internet. ¿Cómo van a hacer?», se pregunta. AFP