
Lituania ha decidido enfrentar a la dictadura china. Esta coyuntura no sólo refleja coraje y convicción.
Se habla de que se trata de un ejemplo contundente para una gran cantidad de democracias pequeñas y medianas, de ingreso medio y alto, que argumentan que no es posible o conveniente enfrentar a potencias autoritarias porque parte de la propia prosperidad depende del comercio con éstas.
Aunque la valiente actitud lituana los deja en una posición incómoda.
No sólo se enfrenta con China y reconoce a Taiwán (abriendo una oficina comercial) sino que lo hace situada en la misma frontera con Rusia (en el enclave sur de Kaliningrado).
Es decir, no arguye la inexorable necesidad de la neutralidad desde una lejana América del Sur, América Central o África meridional, sino que incluso lo hace siendo miembro de una Unión Europea que, por cierto, es un espacio político que se siente demasiado cómodo con el ejercicio de la equidistancia hacia China que promueve Berlín.